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"JOSELITO", CON TODA NATURALIDAD
6 TOROS 6 (25/9/01)
Por José Luis Ramón

La naturalidad y el buen toreo están siendo las características de las actuaciones de Joselito en la parte final de la temporada, la número 15 que realiza como matador de toros. Faenas en Aranjuez, Albacete y Salamanca, y sobre todo la sensación de encontrarse a gusto y cómodo delante de la cara de los toros, es lo que define el momento que atraviesa un torero que, hoy por hoy, ya sólo compite consigo mismo. Es decir, compite contra su deseo de superación y de hacer el toreo cada día mejor y más despacio. La última entrevista la realizamos en Soria, en San Juan, cuando ya habían pasado muchas cosas pero aún faltaban otras muchas por llegar.

En el mes julio, lo más importante fue el regreso con éxito a la plaza de Valencia.
-Así es. La última vez que estuve en Valencia fui el triunfador de la Feria de Julio, el único torero que salió en hombros, y sin embargo no me lo echaron en cuenta, quizá porque fue el año de la retirada. Ahora, después de cuatro temporadas, he vuelto con muchas ganas e ilusión, y afortunadamente los toros colaboraron un poquito y pude cortar tres orejas y estar muy a gusto y muy bien.
-Luego llegó el mes de agosto, que fue bueno en líneas generales.
-Agosto ha sido un mes maravilloso, con la única pega de que no he actuado en plazas como Bilbao, San Sebastián, Almería y el sur de Francia, sitios que a mí me gustan bastante. Por lo demás, a la plaza he ido con mucha ilusión y ánimo, he toreado un montón de toros a mi gusto y he cuajado faenas preciosas de las que me siento muy satisfecho. Este año, en las dos plazas hacia las que siento más cariño, Málaga y Valladolid, he pinchado por culpa de los toros.
-Y septiembre también está yendo bien, con una actuación muy buena en Albacete, una salida a hombros en Salamanca, otra buena faena en esa misma plaza al día siguiente…
-La de Albacete ha sido una tarde para mí muy importante, pues hice cosas buenas ante un toro con mucha presencia y dificultades. De hecho, uno de ellos me dio un gañafón de salida, con el capote, que casi me arranca la cabeza, y luego con la muleta tenía síntomas de toreado, porque se me venía al cuerpo; sin embargo, poco a poco, le convencí a él y me convencí a mí mismo de que había faena, hasta realizar una bastante buena.
-Y, cosa rara, no le mataste.
-No, es verdad, pero fíjate que después de cuatro pinchazos la gente todavía me pidió la oreja con mucha fuerza, aunque el presidente no me la quiso conceder. Y lo del primer día de Salamanca fue una tarde buena, aunque sin el regusto de poder torear un toro bien de verdad.
-Sin embargo, la tarde de Salamanca fue importante porque marcó muy claramente una manera de estar en la plaza, sin ninguna prisa ni urgencia, dando tiempo a los toros, hasta lograr meterlos en la muleta. Una actitud que no has tenido siempre a lo largo de tu carrera.
-Y, sobre todo, una manera de estar a gusto con toros que no son fáciles. Por eso me gustó tanto también la tarde de Albacete. Ahora pienso: tengo 32 años y llevo 15 temporadas de matador de toros, me pega un toro un gañafón y, sin embargo, cojo el capote otra vez y le doy ocho o diez lances bastante aceptables. Y luego, ante un animal muy agresivo, le di cuatro o cinco tandas de naturales con mucha vibración. Todo esto me da la satisfacción de saber que estoy cumpliendo con mi obligación. Ha habido otros momentos en que quizá me costaba más estar delante del toro, pero ahora, en cambio, lo veo más claro.
-Y aunque no hubo puerta grande, quizá más importante fue aún la faena que hiciste a tu segundo toro de Daniel Ruiz, por el componente de naturalidad y regusto que tuvo.
-En ese toro me encontré muy bien, muy a gusto y centrado. Hubo momento de verdadera compenetración con el toro.
-Otra de las características del año es que, poco a poco, has ido metiéndote en la temporada, hasta tener peso en la misma. Aunque fuera de la pelea de torear más que nadie, se trata de ser de nuevo una referencia de lo que pasa en las ferias.
-Lo importante es que esto ha sucedido después de que todo el mundo me diera por muerto y enterrado. Sin embargo, he dicho: aquí sigo. Al principio de temporada pasaron quince corridas sin que me embistiera un toro, no lo veía claro y el toreo me parecía muy difícil. Para mí, lo principal ha sido mantenerme, porque llegué a San Pedro Regalado, en Valladolid, y dije: esto se ha acabado, no aguanto más. No me embestían los toros, y eso me hacía dudar de si eran los toros o si era yo el que fallaba… me estaba volviendo loco. Pero gracias a la fuerza de voluntad, y también gracias a mi gente, que me ha dicho que siguiera, que entrenase, porque se podía superar, lo he superado. Y entrenando me daba cuenta de que los toros tenían una parte de culpa, desde luego, pero que yo también tenía otra, y al final lo he ido subsanando todo. Por eso, frente a los que decían que estaba acabado, ahora puedo mostrarme como un torero con ilusión.
-¿La temporada del 2000 fue de transición, entre el 99 que no toreaste y este 2001 en que has recobrado el tono alto? ¿Un año intermedio y necesario para ahuyentar todos los fantasmas que hubo en su momento?
-Sí, porque el toreo evoluciona mucho, y sólo te das cuenta de verdad de que cambia cuando no toreas. Si estás toreando todos los días, estás metido en esta historia y no lo aprecias; pero cuando estuve año y medio sin torear me di cuenta de cómo cambia el toreo, y de que me quedé un tanto estancado. En ese sentido, el año pasado fue un poco un reencuentro. Tuve un principio de temporada bastante bueno, aunque al revés que ésta: hasta junio fue bien, pero a partir de ahí empezó a ir a menos; llegué a Málaga con la plena convicción de que esto se había acabado y de que no iba a volver a torear. Afortunadamente, salió un toro de Juan Pedro Domecq bravo y noble al que toreé bien, y le corté dos orejas. Y a los pocos días otro toro en Almería, con el que también estuve muy a gusto. A partir de ahí pensé que sí, que era capaz de torear, y dejé de dudar de mí.
-Ya es la segunda vez en esta entrevista que has dicho que llegaste a una plaza pensando que esto se había acabado. ¿Por qué eres tan drástico? ¿Es que no hay término medio entre el todo y la nada, entre el encontrarse a gusto y el ya no saber torear?
-Yo soy así, sin término medio. Por eso, cuando la gente me pregunta cuánto tiempo voy a estar toreando, respondo que no lo sé, porque lo mismo sigo diez años que sólo diez días, si llega un momento en que no me encuentro bien. Yo paso miedo delante del toro, pero me visto de torero para hacer cosas con sentimiento, para disfrutar… y si después del miedo que paso no voy a estar a gusto pues tranquilamente me marcho a mi casa, porque el esfuerzo no merece la pena. Soy de la opinión de que cuando las cosas no están bien, lo mejor es cortar por lo sano.
-Torear en Sevilla y en Madrid y estar, por tanto, en la gran temporada, ¿te ha dado moral?
-Anímicamente fue muy importante. El año pasado, por las circunstancias ya conocidas, me quedé fuera de esas ferias; esta temporada, el hecho de estar colgado en los carteles me ha dado fuerza interior. Fue importante torear, pero aún lo fue más que en esas dos plazas me encontré bien y capaz.
-En Sevilla con el toro de Victoriano del Río y en Madrid con el de Partido de Resina.
-Sí, pero en Sevilla, antes de ese toro lo pasé mal el primer día, con uno muy serio de Núñez del Cuvillo que se venía, pero que se metía por debajo, y que yo vi muy difícil. En la siguiente corrida estaba dando un paseo con un amigo mío, y me dijo que para estar así, era mejor que no estuviera, y que por qué no me pensaba el dejar de torear. Y fue tremendo, porque eso mismo también lo estaba pensando yo, que para estar a disgusto es mejor no estar. Afortunadamente, el segundo día salió un toro de Victoriano del Río que medio se dejó y pude enjaretarle ocho o diez lances buenos, y luego casi le corto una oreja con la muleta. Eso es lo que me dio moral, que esa faena fuese en Sevilla, como luego la que le hice en Madrid a uno de Pablo Romero. Esas dos faenas me dieron fuerza interior.
-Quizá uno piensa que es figura del toreo y que no lleva luchando tantos años para estar en la periferia del toreo. Con razones legítimas y respetables, pero fuera de las ferias grandes.
-Evidentemente, es muy jodido no estar en esas ferias después de haber luchado tanto para llegar a ellas. Es una situación que no le deseo a nadie, e incluso el año pasado hubo momentos en que llegué a dudar. Lo que te joroba es no estar por terceros, y eso te hace dudar de si merece la pena. Pero claro que merece la pena, porque eres fiel contigo mismo. Aunque se trate de una postura muy fastidiosa, es la que tú has elegido. Pero estoy de acuerdo: cuando te sientes figura del toreo, es duro eso de estar en otras plazas y no acudir a las ferias grandes.
-Antes has dicho que pasas mucho miedo delante del toro. Yo no digo que no lo pases, pero sí digo que no se te nota.
-Pero sí lo paso. El otro día en Salamanca, Juan Cubero me decía en el primer toro que me ponía demasiado fácil… pero es que cuando yo era chico me enseñaron que tenía que ser natural, y qué voy a hacer, ¿salir con ojos de loco a ver si transmito más? Yo no puedo hacer eso, ni tampoco me agrada.
-De todo lo que te está pasando en este 2001, ¿de qué estás más contento?
-De que estoy muy a gusto delante del toro. Pero tela de a gusto. De que hay días que en la plaza me encuentro como en el patio de mi casa, con una naturalidad y una relajación interior tremenda.
-Y ahora, otra vez la plaza México.
-Me gustaría. Lo tenemos hablado, aunque aún no es fijo. Lo que no quisiera sería ir a la México, torear y ya está; me gustaría hacer campaña, aunque tampoco fuese muy extensa. Además, me gustaría ir a estar bien. En mi vida, torear dos corridas más ya no me supone nada; lo que me supone es cuajar un toro bien, hacer que aquella gente salte, que me tiren los sombreros y que me toquen dianas floreadas. Eso es lo que quiero.
-Porque tendrás el recuerdo del día que cortaste el rabo...
-Ese fue muy importante, pero mucho más lo fue un toro de Fernando de la Mora al año siguiente, al que cuajé con la mano izquierda cerca de la puerta de cuadrillas. Esa es de las veces que mejor he toreado con la izquierda, aunque luego no le maté bien.

Joselito, hoy

-¿Quién es Joselito hoy?
-Tengo 32 años, mido 1,72 metros, peso 66 kilos, soy un padre de familia… (risas). Joselito es un hombre que, como te comenté cuando hicimos la entrevista antes de los seis toros de Vista Alegre está volviendo a empezar. Aquella frase era real, solo que se trata de volver a empezar con una experiencia de 15 años. Tengo la misma ilusión que tenía en 1986, pero con la experiencia del 2001. Ahora puedo disfrutar en la cara de los toros, algo que entonces no podía hacer, porque debía salir a revientacalderas todos los días. Soy el mismo de entonces, pero más tranquilo.
-Eso es lo que yo vi en Salamanca: un torero sin prisas para estar delante de los toros.
-Siempre que lo vea claro, porque en caso contrario me parece absurdo estar haciendo una especie de paripé que no lleva a ningún sitio. Tengo que verlo claro y sentir el convencimiento de que puedo estar bien con el toro. Si no lo tengo, olvídate, aunque sea el toro más bueno del mundo, soy incapaz de estar con él.
-Curro Romero me dijo en una ocasión algo muy parecido.
-Claro, porque esa es la idea de un torero. Lo que ocurre es que hoy en día los toreros parecemos ladrilleros, y tenemos que justificarnos. Y yo no sé de qué tenemos que justificarnos. Hay que tener mucha fuerza interior, y un gran convencimiento de que puedes hacer cosas muy buenas para dejar pasar al toro que no ves claro, y luego vaciarte de verdad con el bueno.
-El torero debe ser dueño de sus fracasos.
-Y qué bonito es eso. Y cuánto se aprende de ellos, porque te dan muchos sinsabores, y qué valor hay que tener para saber fracasar.

15 años, media vida

Las efemérides redondas siempre invitan al balance. Desde que Joselito tomó la alternativa en 1986 han pasado ya quince años y quince temporadas, que serían dieciséis si no hubiera estado inactivo en el 99. Quince años que, analizados en sus hitos fundamentales, marcan el perfil de una auténtica figura del toreo.

-Ya te he hecho muchas entrevistas, y hay algo que has repetido en bastantes: que has logrado infinitamente más de lo que soñabas.
-Y es verdad, José Luis. Recuerdo que cuando en la Escuela leía aquel letrero que dice que "llegar a ser torero es casi imposible, y ser figura es casi un milagro", al principio no me lo creía. Tenía diez años, y pensaba: cómo no voy a ser figura, si aquí he venido para serlo. Luego te das cuenta de que de verdad es muy difícil, y que se pasa mucho miedo, y fatigas, y hay que tener fuerza de voluntad, y no ya tener buena suerte sino no tenerla mala. El primer año de matador de toros, Enrique me liquidó veinte millones de pesetas, y cuando vi aquello todo junto pensé: "Ya soy rico, ya no quiero más". Y me decía: ¿para qué vamos a luchar más? Luego te das cuenta de que eso no es importante, porque todavía no había hecho nada en el toreo, y que por encima del dinero está la historia y dejar huella en el libro de la Tauromaquia.
-¿Eres consciente de que la corrida del 2 de mayo marcó un antes y un después en el toreo contemporáneo?
-No lo sé. Ojalá fuese así, pues eso me enorgullece. Quizá aquella corrida sirvió para que se desarrollara algo que estaba en embrión, y que procedía de la Escuela. El 2 de mayo explota, pero había chavales que hoy son figuras, como El Juli y Abellán, por ejemplo, que siguen demostrando que aquello se podía seguir haciendo.
-¿Cómo han pasado estos quince años?
-Divinos, gloriosos, maravillosos. Ha habido momentos buenos y otros malos, unos de gran éxito y otros de retirarme… pero siempre muy orgulloso de lo conseguido, y enormemente contento. A veces pienso que han pasado muy deprisa y otras que no, que han sido quince años vividos y apurados día a día.
-A grandes rasgos hay varias etapas en tu trayectoria: la primera salida a hombros en Madrid, en 1989; los seis toros de la Beneficencia del 93; el 2 de mayo del 96; la retirada del 99…¿Son estos los hitos principales de tu carrera?
-Lo que más me marcó fue la primera cornada de mi vida, la del cuello en Madrid. Esa fue una prueba muy dura de resolver, pero cuando reaparecí en Teruel y vi que era capaz de volver a hacer lo de antes, me sentí muy orgulloso. En ese momento pensé: ahora sí soy torero, porque tengo el mismo valor que antes. La primera salida en hombros de Madrid me marcó negativamente, pero aprendí mucho. Digo negativamente porque, aunque corté las dos orejas y fui el triunfador de la feria, de repente me creía que era el dios del toreo, me daban las corridas y el dinero que pedía. Entonces me abandoné, dejé de entrenar desde primeros de junio, hasta que en septiembre, en Nîmes, tras matar un toro de Manolo González, dije que me iba para casa, que había estado hecho un borracho y que no iba a seguir así. Me encerré, pensé mucho, y en Úbeda, a los pocos días, con un toro menos bueno que aquel de Nîmes, fui mucho más capaz y corté un rabo. Necesitaba recapacitar y sentar los pies en el suelo, porque hasta ese momento había estado viviendo en una nube. Por eso, aunque el trago fue amargo, la experiencia fue positiva. La corrida de los seis toros de la Beneficencia no fue triunfalista, pero fue tremenda, pues aunque la gente habla del 2 de mayo, en aquella otra hubo tanta variedad como en la Goyesca, aunque sólo corté dos orejas.
-Como toreo hay otro día clave: el 15 de mayo de 1996 con aquel toro de Marca que brindaste a García Márquez.
-Es verdad, ese día estuve muy a gusto. Venía con mucha moral de la Goyesca, y aunque el toro no fue fácil me pude encajar bien y engancharlo estupendamente. Además, yo recuerdo otro día importante: una mañana que maté seis toros en Nîmes, y el cuarto me dio una cornada bastante fuerte; en la enfermería me hicieron una cura de urgencia y maté dos toros más. Al quinto, de Algarra, lo toreé muy bien, quizá de los mejores de mi vida, aunque luego tampoco lo maté. El siguiente fue un toro de Salvador Domecq muy difícil y, aunque ya casi no podía apoyar la pierna, estuve allí aguantando el tirón.
-Y otro día más: la corrida de los seis toros de Valladolid. -Esa ha sido una de las corridas más completas de mi vida, de torería y de toreo.
-Creo que eres un ejemplo perfecto de que uno torea como es. Con tu sinceridad, con tu carácter a veces abrupto delante de los toros...
-Siempre he intentado ser sincero, porque creo que el toro es el único animal al que se le engaña con verdad. Siempre le he dado la opción de que elija entre la tela o el cuerpo, aunque, afortunadamente, suele coger la tela. Esa es la única manera de conjuntarte con él. Es verdad que toreo tal y como soy, y por eso muchas veces soy un mal artista, porque soy incapaz de mentir, de estar mal y sacar una sonrisa.
-¿Por qué has tenido tantos partidarios y a la vez no pocos detractores?
-No lo sé, la verdad. Supongo todo se debe a mi personalidad. Desde el principio he tenido un grupo de partidarios que me han seguido adonde he toreado, una legión de seguidores y de sufridores, que también hay que decirlo. No soy un torero rentable, que corta muchas orejas; soy un torero que les da muchos disgustos y que, si no lo veo claro, tiro por la calle de en medio. Ellos me dicen que cuando cuajo un toro disfrutan mucho, y yo pienso que hay tantos días malos que cuando llega uno bueno debe ser como una fiesta. (risas). Les estoy muy agradecido a los que me quieren bien y también a los que me quieren mal, porque los enemigos me hacen superarme.


 
 
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