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ESPLENDOR
EN LA ARENA: "JOSELITO" Y PETRONIO EN MÁLAGA
Diario El Mundo (13/8/01)
Por Antonio Lucas
Málaga. Allá, mucho más atrás en el tiempo, «cuando
todo esto era campo», que es una forma infalible de medir
el pasado; mucho antes, decía, los toreros compartían la épica
del albero con una extraña propensión a lo que se llamaba
la «clase intelectual».
Aquello
se perdió irremisiblemente en lo que fue algo así como la
última glaciación de la cultura, que empezó con la Guerra
Civil y a ratos vuelve. No es que no hubiese entonces toreros,
sino que se escaquearon la mayoría de los intelectuales, ya
me entienden.
En esto que viajas de San Sebastián a Málaga con tu diatriba
inútil -después de coger dos aviones con sus pequeños placeres:
ves muchas azafatas, siempre llegas tarde a tu destino y desayunas
dos veces- y te encuentras con Joselito, de quien vas a ser
sombra por un día.
Joselito es un torero de aroma antiguo y tiempo claro. Por
sus muñecas corren unos duendes arcanos que hacen de su muleta
un temblor que, cuando se suelta, cuelga lágrimas del aire.
Joselito es secreto, tímido, silencioso. Está tocado del escoplo
de la gloria y arañado por la vida. Es un torero como para
adentro, íntimo. Joselito ha leído últimamente el Satiricón
de Petronio.
La cosa impacta, pero en este mundillo singular es sabido
que José Miguel Arroyo es un torero de Madrid y de curiosidad
insaciable, un lector voraz, un hombre que lleva en los pliegues
de su ADN no sólo el voltaje de un capote capaz de parar el
vuelo de las gaviotas, sino los mejores condimentos del toreo
clásico, que siempre se manifiesta más allá del perimetro
de la plaza.
Un mozo de espadas doctorado en Filología Hispánica
Y no está solo. Antonio es su hombre de confianza, su mozo
de espadas, su secretario, su tercer brazo, su consejero áulico
de lecturas. Antonio es doctor en Filología Hispánica por
la Complutense y hace unos meses que leyó su tesis doctoral,
«sobre la poesía latinoamericana en el siglo XX», aclara.
Al principio pone uno cara de jet lag ante tanta sorpresa,
pero es que el planeta de los toros tiene también sus flecos
surrealistas. Se me ocurre, así en frío, que lo apropiado,
entonces, es celebrar el festejo de hoy en el Aula Magna de
la Universidad de Málaga, laus deo.
El ya manido ritual del torero antes del paseíllo no tiene
norma fija, pero Joselito es, quizá, el que más ortodoxo lo
hace. Nadie entra en su habitación, y come solo. Se sabe maestro
y guarda con celo -pero con cortesía- su soledad desbocada
de libros. En su biblioteca también tiene a Cioran, y a César
Vallejo, aquel poeta inca en carne viva. «Lo que más me sorprendió
del Satiricón, que me costó leerlo, no creas, es el reflejo
que ofrece de Roma y sus gentes. ¡¡Es que tenían muchos menos
prejuicios que nosotros!!», asegura el matador.
Al oír esto, una señora que aguardaba pacientemente su autógrafo
ha salido en estampida, por si acaso. Joselito ha llegado
de Pontevedra 8.00 horas y quiere dormir hasta la hora de
vestirse de luces. «Hoy llevaré un grana y oro. Escojo los
trajes según la plaza, el día... No sé, depende de muchas
circunstancias». Sonríe y se despide, ¿o se evapora? «Es que
me gusta estar solo. Descansando, pensando, leyendo quizá.
Hasta luego».
En la mañana, durante el apartado, un librero le ha dado
a Antonio un paquete para el matador. «Es un libro que ha
pedido José sobre Manolete», informa, pero sin detalles. Ya
se han sorteado las reses y la algarabía aumenta mientras
las cuadrillas repasan los lotes. «¿Se han acabado las entradas?»,
pregunta alguien. «Eso parece», contesta Antonio. Este es
uno de los carteles estrella de la Feria de Málaga, el rumor
expectante se nota desde el mediodía: Joselito, Finito de
Córdoba y El Juli.
El toreo y la Generación del 27
Joselito es torero hasta en chándal. Sabe lo que es la tauromaquia
y que ésta no acaba nunca. «Siempre hay que estar en torero»,
dicen las cuadrillas. Pertenece a esa estirpe legendaria de
matadores que han hecho de la Fiesta una extensión de la Cultura,
un peldaño más del arte. La nómina es escasa: Belmonte, Domingo
Ortega, Sánchez Mejías, impulsor de la Generación del 27,
a cuyos miembros financió el viaje fundacional a Sevilla,
en la Venta Vieja de Antequera... Todos ellos amigos de Ortega
y Gasset, Gregorio Marañón, Ramón Pérez de Ayala, el pintor
Zuloaga, Lorca, Alberti, Bergamín... Un mundo extinguido.
Una época que tiene hoy su eslabón perdido en Joselito, que
baja a las 18.50 horas al hall del hotel, «vacilando sin alma
por la niebla», esa niebla blindada que cultiva. «En Málaga
me siento a gusto», es todo lo que dice antes de entrar en
el coche de cuadrillas camino de La Malagueta. Arrastrando
lleva su misterio como una Vía Láctea.
El traje grana y oro, el capote de vueltas azules, la mano
baja, la figura suelta... Entra en la plaza ausente y espectral,
como un holograma de sí mismo. «Oooooleee José», gritan. Mira
desde el fondo de los ojos y sonríe. En el patio de cuadrillas
musita algo. El metal de los clarines, los goznes del portón,
la ardorosa siesta del albero... Joselito inicia el paseíllo.
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